INFORMACIÓN · GENERADO SUSTANCIALMENTE CON IA · TEXTO/AUDIO
Ese aviso que tapa media pantalla en cuanto entras a casi cualquier web parece un trámite. Pulsas «aceptar» para que desaparezca y sigues leyendo. Pero detrás de esos botones —aceptar, rechazar, configurar— hay una decisión real sobre quién puede seguir tus pasos por internet, y una parte de esa decisión ni siquiera te la preguntan porque la ley ya la resolvió antes de que llegaras.
Aceptar activa todas las cookies que la web ha declarado, incluidas las que no son estrictamente necesarias para el servicio: las de analítica, que miden qué haces en la página, y las de publicidad personalizada, que usan tu navegación para mostrarte anuncios ajustados a tus intereses. Sin tu consentimiento, esas dos categorías no pueden instalarse; por eso la ley exige información clara y consentimiento previo para cualquier cookie que no sea estrictamente necesaria.
Rechazar impide justo esas dos categorías —analítica y publicidad personalizada—, no el resto de la web: el carrito de la compra, el inicio de sesión o el idioma que elegiste siguen funcionando, porque dependen de cookies exceptuadas que no necesitan tu permiso. Lo que cambia al rechazar es que la web deja de recibir datos sobre cómo navegas y de ajustar los anuncios a ti; verás publicidad genérica en su lugar, no ausencia de anuncios.
Configurar no es un punto intermedio entre aceptar y rechazar: es la única opción que te deja decidir categoría por categoría. Un panel bien hecho separa las cookies necesarias —siempre activas— de las de analítica, personalización y publicidad, y te permite aceptar unas y rechazar otras por separado. Puedes, por ejemplo, permitir que midan cuánta gente visita cada sección sin permitir que usen esos datos para mostrarte anuncios.
Desde el 11 de enero de 2024, el criterio de la Agencia Española de Protección de Datos exige que aceptar y rechazar tengan el mismo nivel de visibilidad: mismo tamaño, mismo lugar destacado, sin que la posición o el formato hagan más difícil rechazar que aceptar. Un banner que resalta «aceptar» en un botón grande y esconde «rechazar» en un enlace de texto pequeño no cumple ese criterio.
El artículo 22.2 de la Ley de Servicios de la Sociedad de la Información exige consentimiento previo e información clara para guardar o leer datos en tu dispositivo, pero añade una excepción concreta: «Lo anterior no impedirá el posible almacenamiento o acceso de índole técnica al solo fin de efectuar la transmisión de una comunicación por una red de comunicaciones electrónicas o, en la medida que resulte estrictamente necesario, para la prestación de un servicio de la sociedad de la información expresamente solicitado por el destinatario».
En la práctica, esa excepción cubre cookies muy concretas: la que recuerda lo que llevas en el carrito de la compra, la que te mantiene identificado tras iniciar sesión, la que limita los intentos fallidos de acceso por seguridad, la que te permite retomar un vídeo donde lo dejaste, la que reparte las visitas entre varios servidores para que la web no se caiga, o la que recuerda el idioma que tú mismo elegiste. Todas comparten algo: existen porque tú pediste ese servicio concreto, no para observarte.
Esto no significa que toda cookie propia o de sesión esté exenta. Una cookie de analítica puede ser de sesión y pertenecer a la propia web, y aun así necesita tu consentimiento, porque medir tu comportamiento no es «estrictamente necesario» para el servicio que pediste. Lo que decide la excepción es para qué se usa la cookie, no quién la instala ni cuánto dura, aunque la duración sí influye de otra forma: una cookie persistente lo tiene más difícil para colarse en la excepción que una de sesión, porque cuesta más justificar que algo que sobrevive semanas era solo necesario en ese momento.
Sí, y la ley exige que hacerlo sea igual de fácil que la primera vez: el sistema para retirar el consentimiento tiene que ofrecer la misma facilidad que el que usaste para darlo, no una ruta escondida entre ajustes de la cuenta.
Cuando una web cumple esa exigencia, el camino suele ser un enlace o icono permanente, normalmente al pie de la página, con nombres como «Gestionar cookies» o «Preferencias de privacidad». Al usarlo y cambiar tu elección, la web tiene que dejar de tratar los datos que ya no autorizas y borrar las cookies opcionales que había instalado; no basta con dejar de pedir tu permiso la próxima vez.
Si quieres comprobar qué le has permitido a una web, busca ese enlace fijo de gestión de cookies —normalmente al pie de la página— en vez de esperar a que reaparezca el banner. Ahí puedes revisar qué categorías tienes activas y retirar la analítica o la publicidad sin perder el servicio, con la misma facilidad con la que las aceptaste; si no encuentras ese enlace, la web no te está dando el control que la ley le exige.
Fuentes
www.aepd.eswww.boe.eswww.cuatrecasas.comwww.legalcorelabs.comwww.rosello-mallol.comComentarios 0
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